
Éstos eran sus jardines, sus ríos, sus montañas. Ahora que ella se ha marchado, necesito que todo vuelva rápidamente a ser como antes; voy a fijarme más en los problemas del tráfico, en la política exterior de Gran Bretaña, en la forma en la que administran nuestros impuestos. Quiero volver a pensar que el mundo de la magia no es más que un truco bien hecho. Que la gente es supersticiosa. Que las cosas que la ciencia no puede explicar no tienen derecho a existir.
Cuando las reuniones de Portobello empezaron a descontrolarse, fueron innumerables las discusiones sobre su comportamiento, aunque hoy en día me alegre de que jamás me oyera. Si hay algún consuelo en la tragedia de perder a alguien a quien amamos tanto, es la esperanza, siempre necesaria, de que tal vez haya sido mejor así.
Me despierto y me duermo con esta certeza; fue mejor que Athena se marchara antes de bajar a los infiernos de esta tierra. Jamás iba a volver a conseguir la paz de espíritu después de los sucesos que la caracterizaron como «la bruja de Portobello». El resto de su vida iba a ser una confrontación amarga entre sus sueños personales y la realidad colectiva. Conociendo su naturaleza, iba a luchar hasta el final, a gastar su energía y su alegría demostrando algo que nadie, absolutamente nadie, está dispuesto a creer.
Quién sabe, buscó la muerte como un náufrago busca una isla. Debió de estar en muchas estaciones de metro de madrugada, esperando a atracadores que no venían. Caminó por los barrios más peligrosos de Londres en busca de un asesino que no aparecía. Provocó la ira de los fuertes, que no consiguieron manifestar su rabia.
Hasta que consiguió ser brutalmente asesinada. Pero, a fin de cuentas, ¿cuántos de nosotros evitamos ver cómo las cosas importantes de nuestras vidas desaparecen de un momento a otro? No me refiero a las personas, sino también a nuestros ideales y nuestros sueños: podemos resistir un día, una semana, algunos años, pero estamos condenados a perder. Nuestro cuerpo sigue vivo, pero tarde o temprano el alma acaba recibiendo un golpe mortal. Un crimen perfecto, no sabemos quién asesinó nuestra alegría, qué motivos lo provocaron, ni dónde están los culpables.
