Y esos culpables, que no dicen sus nombres, ¿serán conscientes de sus gestos? Creo que no, porque ellos también son víctimas de la realidad que han creado, aunque sean depresivos, arrogantes, impotentes y poderosos.

No entienden y no entenderían nunca el mundo de Athena. Menos mal que lo digo de esta manera: el mundo de Athena. Por fin voy aceptando que ella estaba aquí de paso, como un favor, como alguien que está en un bonito palacio, comiendo lo mejor, consciente de que no es más que una fiesta, de que el palacio no es suyo, de que la comida no se compró con su dinero, y de que, en un momento dado, las luces se apagan, los dueños se van a dormir, los empleados vuelven a sus habitaciones, la puerta se cierra, y estamos otra vez en la calle, esperando un taxi o un autobús, de vuelta a la mediocridad del día a día.

Estoy volviendo. Mejor dicho: una parte de mí está volviendo a este mundo en el que sólo tiene sentido lo que vemos, tocamos y podemos explicar. Quiero otra vez las multas por exceso de velocidad, la gente discutiendo en la caja del banco, las eternas quejas por el tiempo, las películas de terror y las carreras de Fórmula 1. Ése es el universo en el que tendré que convivir el resto de mis días; me voy a casar, voy a tener hijos, y el pasado será un recuerdo lejano, que al final me hará preguntarme durante el día: ¿cómo pude estar tan ciego, cómo pude ser tan ingenuo?

También sé que, durante la noche, una parte de mí vagará en el espacio, en contacto con cosas que son tan reales como la cajetilla de tabaco o el vaso de ginebra que tengo frente a mí. Mi alma bailará con el alma de Athena, estaré con ella mientras duermo, me despertaré sudando, iré a la cocina a beber un vaso de agua, entenderé que para combatir los fantasmas hay que usar cosas que no formen parte de la realidad. Entonces, siguiendo los consejos de mi abuela, pondré una tijera abierta en la mesilla de noche para cortar la continuación del sueño.



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