Athena mencionó una vez que le gustaría que su destino se pareciese al de ella: en ese caso, debería haber entrado en un convento y dedicar su vida a la contemplación y al servicio de los pobres. Sería mucho más útil al mundo, y mucho menos peligroso que inducir a la gente, a través de música y rituales, a una especie de intoxicación que puede llevar a entrar en contacto con lo mejor, pero también con lo peor de nosotros mismos.

Yo la seguí en busca de una respuesta al sentido de mi vida, aunque lo disimulase en nuestro primer encuentro. Debería haberme dado cuenta desde el principio de que a Athena eso no le interesaba mucho; quería vivir, bailar, hacer el amor, viajar, reunir gente a su alrededor para demostrar lo sabia que era, exhibir sus dones, provocar a los vecinos, aprovecharse de todo lo que tenemos de más profano, aunque intentase darle un barniz espiritual a su búsqueda.

Cada vez que nos veíamos, para ceremonias mágicas o para ir a un bar, yo sentía su poder; casi era capaz de tocarlo, dada la fuerza con la que se manifestaba. Al principio me quedé fascinada, quería ser como ella. Pero un día, en un bar, ella empezó a hablar sobre el «Tercer Rito», relacionado con la sexualidad. Lo hizo delante de mi novio. Su pretexto era enseñarme. Su objetivo, según mi opinión, era seducir al hombre que yo amaba.

Y claro, acabó consiguiéndolo.

No es bueno hablar de la gente que ha pasado de esta vida al plano astral. Athena no tendrá que rendirme cuentas a mí, sino a todas aquellas fuerzas que sólo utilizó en beneficio propio, en vez de canalizarlas hacia el bien de la humanidad y su propia superación espiritual.

Y lo que es peor: todo lo que empezamos juntas podría haber resultado bien, si no hubiese sido por su exhibicionismo compulsivo. Si se hubiera comportado de una manera más discreta, hoy estaríamos cumpliendo juntas esa misión que nos fue confiada. Pero no podía controlarse: se creía dueña de la verdad, capaz de sobrepasar todas las barreras utilizando solamente su poder de seducción.



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