Al día siguiente veré la tijera con cierto remordimiento. Pero tengo que adaptarme de nuevo a este mundo, o acabaré volviéndome loco.

Capítulo Segundo

Andrea McCain, treinta y dos años, actriz de teatro

«Nadie puede manipular a nadie. En una relación, ambos saben lo que hacen, aunque uno de ellos vaya después a quejarse de que ha sido utilizado.»

Eso es lo que decía Athena, pero se comportaba de manera contraria, porque fui utilizada y manipulada, y no tuvo consideración alguna por mis sentimientos. La cosa es todavía más seria cuando hablamos de magia; después de todo, era mi maestra, encargada de transmitir los misterios sagrados, despertar la fuerza desconocida que todos nosotros poseemos. Cuando nos aventuramos en este mar desconocido, confiamos ciegamente en aquellos que nos guían, creyendo que saben más que nosotros.

Pues puedo asegurar que no. Ni Athena, ni Edda, ni la gente que conocí a través de ellas. Ella me decía que aprendía a medida que enseñaba, y aunque yo al principio me resistía a creerlo, más tarde me convencí de que quizá pudiera ser verdad. Acabé descubriendo que era otra de sus muchas maneras de hacer que bajásemos la guardia y nos entregásemos a su encanto.

La gente que está en la búsqueda espiritual no piensa: quiere resultados. Quiere sentirse poderosa, lejos de las masas anónimas. Quieren ser especiales. Athena jugaba con estos sentimientos ajenos de manera aterradora.

Me parece que, en el pasado, sintió una profunda admiración por santa Teresa de Lisieux. La religión católica no me interesa, pero por lo que he oído, Teresa tenía una especie de comunión mística y física con Dios.



6 из 375