Saludó al doctor. Bernstein se incorporó ligeramente y luego dejó caer su corpulencia sobre el raquítico asiento. Dio la mano suave y gorda a Félix y lo interrogó con la mirada mientras se guardaba la revista en la bolsa del saco. Con la otra mano le tendió un sobre a Félix y le recordó que mañana tendría lugar la entrega anual de los premios nacionales de ciencias y artes en Palacio. El propio señor Presidente de la República, como rezaba en la invitación, distinguiría a los premiados. Félix felicitó al doctor Bernstein por recibir el premio de economía y le agradeció la invitación.

– Por favor no faltes, Félix.

– Cómo se le ocurre, profesor. Antes muerto.

– No te pido tanto.

– No; además de ser su discípulo y amigo, soy funcionario público. Una invitación del señor Presidente nomás no se rechaza. Qué suerte poder darle la mano.

– ¿Lo conoces? -dijo Bernstein mirándose la piedra clara como el agua que brillaba en el anillo de su dedo de salchicha.

– Hace un par de meses asistí a una reunión de trabajo sobre reservas petroleras en Palacio. El señor Presidente asistió al final para conocer las conclusiones.

– ¡Ah, las reservas mexicanas de petróleo! El gran misterio. ¿Por qué te saliste de Petróleos Mexicanos?

– Me cambiaron -respondió Félix-. Hay la idea de que los funcionarios no se anquilosen en los puestos públicos.

– Pero tú hiciste toda tu carrera en Pemex, eres un especialista, qué tontería sacrificar tu experiencia. Sabes mucho de reservas, ¿no?

Maldonado sonrió y dijo que era extraño encontrarse en el Sanborns de Madero. En realidad quería cambiar de tema y se culpó de haberlo evocado, incluso con alguien tan respetado como su maestro de economía Bernstein. Dijo que ahora casi nadie desayunaba aquí. Todos preferían las cafeterías de los barrios residenciales modernos. El doctor lo miró seriamente y estuvo de acuerdo con él. Le pidió que ordenara y la muchacha disfrazada de nativa apuntó jugo de naranja, waffles con miel de maple, café americano.



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