– Lo vi leyendo una revista -dijo Félix, considerando que el doctor Bernstein quería hablar de política. Pero Bernstein no dijo nada.

– Ahora que entré -continuó Félix- se me ocurrió que nadie puede entender lo que dice la prensa mexicana si no concurre a desayunos políticos. No hay otra manera de entender las alusiones, los ataques velados y los nombres impublicables insinuados por los periódicos.

– Ni enterarse de problemas importantes como el monto de nuestras reservas de petróleo. Es curioso. Las noticias sobre México aparecen primero en los periódicos extranjeros.

– Así es -dijo con un tono neutro Félix.

– Así funciona el sistema. De todos modos, ya no viste mucho venir a ese Sanborns -le contestó con el mismo tono el profesor.

– Pero uno viene a estos desayunos para ser visto por los demás, para dar a entender que uno y su grupo saben algo que nadie más conoce -sonrió Félix.

El doctor Bernstein tenía la costumbre de sopear sus huevos rancheros con un retazo de tortilla y luego sorber ruidosamente. A veces se manchaba los anteojos sin marco, dos cristales desnudos y densos que parecían suspendidos sobre los ojos invisibles del doctor.

– Éste no es un desayuno político-dijo Bernstein.

– ¿Por eso me citó usted aquí? -dijo Félix.

– No importa. El caso es que hoy regresa Sara.

– ¿Sara Klein?

– Sí. Por eso te cité. Hoy regresa Sara Klein. Quiero pedirte un gran favor.

– Cómo no, doctor.

– No quiero que la veas.

– Sabe usted que no nos hemos visto en doce años, desde que se fue a vivir a Israel.



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