Madero es una avenida estrecha y encajonada que antiguamente se llamó Calle de Plateros. Al llegar al Zócalo, Félix Maldonado recordó esto porque lo deslumbró un sol opaco, brillante, duro, y lejanamente frío como la plata. El sol del Zócalo le cegó. Por eso no pudo ver lo que le rodeaba. Tuvo la sensación horrible del contacto inesperado e indeseado. Una lengua larga se le metió por el puño de la camisa y le lamió el reloj. Se acostumbró rápidamente a la luz y se vio rodeado de perros callejeros. Uno le lamía, los otros le miraban. Una vieja envuelta en trapos negros le pidió perdón.

– Dispense, señor, son juguetones nomás, no son malos, de veras, señor.

2

Félix Maldonado detuvo un pesero y se sentó solo en la parte de atrás. Era el primer cliente del taxi colectivo. Frente a la Catedral un hombre vestido de overol paseaba un largo tubo de aluminio sobre las baldosas. Le coronaban unos audífonos conectados al tubo y a un aparato de radio que le colgaba sobre el pecho, detenido por tirantes. Murmuraba algo. El chofer rió y le dijo vio usted al loco de Catedral, lleva años buscando el tesoro de Moctezuma.

Félix no contestó. No tenía ganas de hablar con un chofer de taxi. Quería llegar cuanto antes a su oficina en la Secretaría de Fomento Industrial, encerrarse en su cubículo y lavarse las manos. Se limpió la mano lamida por el perro con un pañuelo. El chofer rodó por la Avenida del 5 de Mayo con la mano asomada por la ventanilla y el dedo índice parado, anunciando así que el taxi sólo cobraba un peso y seguía una ruta fija, del Zócalo a Chapultepec. Anoche, Félix había dejado su auto encargado al portero del Hilton para no meterse al centro viejo con un Chevrolet que no había dónde estacionar.



5 из 259