
– Precisamente. Temo que sientan muchas ganas de volverse a ver después de tanto tiempo.
– ¿Por qué habla usted de temor? Sabe muy bien que nunca hubo nada entre ella y yo. Fue un amor platónico.
– Eso es lo que temo. Que deje de serlo.
La mesera disfrazada de india sirvió el desayuno frente a Félix. Él aprovechó y bajó la mirada para no ofender a Bernstein. Lo estaba odiando intensamente por meterse en asuntos privados. Además, sospechó que Bernstein le había hecho el favor de darle la invitación a Palacio para chantajearlo.
– Mire usted, doctor. Sara fue mi amor ideal. Usted lo sabe mejor que nadie. Pero quizás no lo entiende. Si Sara se hubiera casado sería otra historia. Pero ella sigue soltera. Sigue siendo mi ideal y no voy a destruir mi propia idea de lo bello. Pierda cuidado.
– Era una simple advertencia. Como van a coincidir en una cena esta noche, preferí que habláramos antes.
– Gracias. No se preocupe.
La resolana que se filtraba por los cristales del techo era muy fuerte. Dentro de pocos minutos, el patio encandilado de Sanborns sería un horno. Félix se despidió del doctor y salió a Madero. Vio la hora en el reloj de la Torre Latinoamericana. Era demasiado temprano para llegar a la Secretaría. En cambio, hacía años que no caminaba por Madero hasta la Plaza de la Constitución. Decía que igual que el país, la ciudad tenía partes desarrolladas y otras subdesarrolladas. Francamente, no le agradaban las segundas. El viejo centro era un caso especial. Si se mantenía la mirada alta, se evitaba el pulular desagradable de la gente de medio pelo y se podía seleccionar la belleza de ciertas fachadas y remates. Eran muy bellos el Templo de la Profesa, el Convento de San Francisco y el Palacio de Iturbide, rojas piedras volcánicas, portadas barrocas de marfil pálido. Félix se dijo que ésta era una ciudad diseñada para señores y esclavos, aztecas o españoles. No le iba esa mezcla indecisa de gente que había abandonado hace poco el traje blanco del campesino o la mezclilla azul del obrero y se vestía mal, remedando las modas de la clase media, pero de veras a medias nada más. Los indios, tan hermosos en sus lugares de origen, esbeltos, limpios, secretos, se volvían en la ciudad feos, sucios, inflados de gaseosas.
