
Pero, en cambio, se había embolsado él mismo aquel dinero y había matado a todo el que se había interpuesto en su camino. Además, había adquirido la repugnante costumbre de abusar de las mujeres de la localidad. María había sido una de ellas. Su testimonio, sumado a las fotografías de Ben, había evidenciado algunos de sus crímenes. En aquel momento, Asada languidecía en una cárcel brasileña, pero pronto sería extraditado a los Estados Unidos.
En secreto, Ben esperaba que Asada permaneciera en Brasil, donde había más posibilidades de que continuara encerrado en una celda. Asada había jurado vengarse de todos los que habían causado su ruina, e incluía en su venganza a los seres queridos de sus enemigos. Afortunadamente, en el caso de Ben, sus allegados podían contarse con los dedos de una mano.
Levantó el auricular.
– ¿Papá?
Al oír la voz temblorosa y asustada de su hija, dejó de latirle el corazón.
El sonido de la línea telefónica le recordaba los miles de kilómetros que lo separaban de aquella pequeña de doce años.
– ¿Emily?
No se oía nada, sólo el crepitar de la línea. Ben maldijo aquellas líneas telefónicas miserables, su patético equipo y la casucha que había sido su hogar durante los últimos dos meses.
– ¡Emily! -el pánico tenía un sabor amargo, descubrió.
El sudor corría por su espalda mientras se dejaba caer en una silla destartalada. La humedad del ambiente hacía que la camisa se le pegara al cuerpo como una segunda piel.
– Vamos, vamos -susurró y golpeó el auricular contra el escritorio antes de llevárselo de nuevo al oído.
– ¿Papá?
– ¡Estoy aquí! ¿Estás bien?
– Sí.
Gracias a Dios.
– ¿Dónde estás?
No era una buena pregunta para un padre, advirtió disgustado. Cualquier padre, cualquier buen padre, sabría dónde estaba su hija.
