– Estoy en casa -contestó ella.

Se refería a la casa, por supuesto, que compartía con su madre en South Village, California.

– Tienes que venir -se le quebró la voz, destrozando completamente a Ben-, por favor, no digas que no puedes.

Ben hablaba en muy raras ocasiones con su querida y única hija. Una hija preciosa. Que además era inteligente y nunca cesaba de sorprenderlo y asustarlo. En cualquier caso, le sería fácil culpar a su apretado calendario del poco tiempo que pasaban juntos, pero la verdad era que era su propia voluntad de continuar vagando y no echar nunca raíces la causa del problema. La historia de su vida. Tenía treinta y un años y todavía tenía que encontrar el remedio para sus ansias insaciables de viajar. Y no necesitaba un psiquiatra para saber que eran consecuencia de su educación.

«Trabaja, Benny, o te devolveremos al orfanato», esa era la clase de sabiduría que había recibido de Rosemary, su madre adoptiva. «Cuidado con lo que dices, Benny, o volverás al orfanato», «no muevas el bote, Benny, o volverás al orfanato».

Había recibido nítidamente aquel mensaje. No debía decir una sola palabra porque nadie quería oírla.

En fin, se habría cortado la lengua antes de transmitirle a su hija un mensaje similar.

– ¿Em? Dime algo -el sonido era malo, pero creyó oírla sollozar y el alma se le cayó a los pies.

– Es mamá.

Al igual que le había ocurrido durante trece largos años, le bastó pensar en Rachel para que surgieran en él sentimientos encontrados: la culpa y el dolor.

Sobre todo dolor.

Y quienquiera que hubiera dicho que el tiempo lo curaba todo, se había cubierto de miseria.

– Esta vez las cosas están realmente mal -dijo con otro sollozo.

De acuerdo, ya lo había entendido. Ben se relajó, porque, precisamente por el poco tiempo que pasaban juntos, Emily y él habían llegado a ser expertos en aquel juego. La última vez que las cosas habían estado realmente mal, Emily había intentado comprar algo por Internet con la cuenta de Rachel.



3 из 204