
Ben se reclinó en la silla, apoyando sus anchos hombros en el estrecho respaldo.
– ¿Y qué ha ocurrido esta vez? ¿No está de acuerdo en que recibas clases particulares de matemáticas?
Su hija era experta en sobrecargarse de tareas escolares para evitar toda vida social. Algo de lo que Ben culpaba a Rachel, puesto que a él jamás se le habría ocurrido pedir más tareas escolares. Lo irónico de la situación lo tenía estupefacto. Él había necesitado el ciento por ciento de sus energías para sobrevivir a su infancia, pero Emily, libre para disfrutarla como él jamás habría soñado con hacerlo, elegía multiplicarse el trabajo.
– No tienes tiempo suficiente para…
– ¡No, no lo entiendes! -cruzó las ondas un sonido peligrosamente parecido al llanto-. Ha tenido un accidente… Hemos intentando llamarte, pero no hemos podido localizarte. Después, tía Melanie ha dicho que deberíamos intentarlo otra vez…
– ¿Un accidente?
La mente de Ben se llenó de visiones del pasado. La primera vez que había visto a Rachel, en el instituto: alta, delgada e inquietantemente bella. Estaba completamente fuera de su alcance, siendo él solamente un niño adoptado de la zona más sórdida de South Village.
Pero Rachel lo había mirado aquel día, y el dolor y la soledad que reflejaban sus ojos le habían hecho enamorarse de ella.
No esperaba que Rachel sintiera lo mismo que él y cuando Rachel le había devuelto la sonrisa, se había sentido como si le hubiera tocado la lotería. Y en cuanto había llegado a conocerla y había comenzado a saber de sus demonios internos, ya no había habido forma de separarse de ella. El tiempo que habían pasado juntos, hasta el último segundo de aquellos seis meses, había sido como encontrar el cielo en la tierra. Hasta que Rachel había decidido tirarlo todo por la borda, destrozándolo en el proceso.
