

Rosa Regás
La Canción De Dorotea
© 2001
El deseo de ser diferente de lo que eres
es la mayor tragedia con que el destino
puede castigar a una persona.
Sandor Marai, "El último encuentro"
¡Ay, voz secreta del amor oscuro!
¡Ay, balido sin lanas! ¡Ay, herida!
¡Ay, agua de hiel, camelia hundida!
¡Ay, corriente sin mar, ciudad sin muro!
Federico García Lorca, "Sonetos del amor oscuro"
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Se llamaba Adelita. Era una mujer tan baja que ni siquiera en las raras ocasiones en que se ponía zapatos de altos tacones, sobre los que se balanceaba incómoda aunque segura, levantaba del suelo más de un metro cincuenta. Sin embargo lo más peculiar de su figura era, sin lugar a dudas, la estructura de su cuerpo reducido. Reducido pero no débil. Era un cuerpo robusto, fuerte, de anchas espaldas, de cuello breve y sólido, pero de caderas estrechas en comparación con la magnificencia de sus hombros y de sus muslos recios y potentes. Los brazos, cortos y fornidos, disparados hacia el exterior por el tórax extremadamente vigoroso punteado por unos pechos leves que se perdían en él, remataban su aspecto de aborigen en proceso de extinción que por circunstancias inexplicables hubiera huido de un país lejano y primitivo. No era enana ni habría llamado la atención su estatura de no haber sido por la contundencia de ese ancho cuerpo, por esa coincidencia de medida entre la longitud y la anchura que la convertía en un ser tan singular.
Ella, en cambio, sólo era consciente de su reducida altura, y se permitía hacer bromas sobre sí misma con coquetería, dando a entender que si bien en ese aspecto la naturaleza la había tratado con mezquindad, le había dado para compensar una gracia innata que convertía sus limitaciones en un atractivo distinto de los que adornaban a las demás mujeres.
