Y cuando quiso sacarse el carnet de conducir y, precisamente por ser tan bajita, la obligaron a solicitar un permiso especial parecido al que se exige a quienes tienen algún tipo de minusvalía, achacó los fracasos de sus exámenes a la mala idea de los examinadores que la habían arrinconado en una categoría que, de hecho, no le correspondía. Y tal vez tenía razón, porque si bien intentó pasar el examen seis veces sin lograrlo, sin ni siquiera aprobar la teórica, no era inteligencia lo que le faltaba ni dotes para el estudio. Pero aunque se negó a hablar de ello, no se arredró y, a falta de permiso de conducir, circulaba de la finca al pueblo en una mobilette cuyo manillar le llegaba a la barbilla y en la que la corpulencia de su cuerpo se desvanecía al sentarse y su cara ancha y su cabeza aplastada sobre ese cuello potente bailaban dentro de un casco que parecía sostenerse sobre el sillín.

Había entrado al servicio de la casa como guarda para sustituir a otra que se había despedido porque había comenzado a trabajar en un hotel, y ocupaba con su marido y sus hijos una pequeña vivienda adosada a nuestra casa. Era la última de una serie inacabable de criadas, asistentas y enfermeras que habían dado buenos resultados los primeros días pero que habían acabado yéndose, agobiadas por la soledad del lugar y el arisco carácter de mi padre y más tarde por su enfermedad, o habían sido despedidas por descuidar sus obligaciones.

El día que tuve con ella la primera entrevista en un bar del pueblo que distaba apenas dos kilómetros de donde se encontraba la finca, Antonia la carnicera había hecho las presentaciones y yo, tras una rápida conversación, la había contratado aunque, sin saber por qué, su presencia me inquietaba no tanto por su aspecto cuanto por esa insistencia en rehuir la mirada cuando hablaba.



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