Así que yo apenas me enteraba de sus idas y venidas o de las visitas que tuvieran. De hecho, nunca los había visto demasiado. A veces oía una moto a primera hora de la mañana, o más tarde otra y tal vez otra, mientras Adelita aparecía y desaparecía a su aire y de vez en cuando se detenía y me daba conversación. Parecía conocer a todo el mundo en el pueblo porque, decía ella, siempre estaba dispuesta a echar la mano que faltara y, según reconocía con cierta timidez y riendo siempre, recibía regalos de uno y de otro.

"Me quieren, porque cuando puedo les hago un favor, y la gente es agradecida y buena y lo devuelve." Así fue como un día que reuní a unos cuantos amigos y me di cuenta de que me faltaban copas de champán ella me trajo una caja con una docena de ellas, o cómo llegó a la casa una cuna de madera para el hijo recién nacido de otros amigos que fueron a pasar unos días conmigo, y cómo la cocina y la nevera que estaban en malas condiciones esperando el día en que yo decidiera ir a comprar otras a Toldrá, la pequeña ciudad más cercana, fueron sustituidas por unos aparatos que trajo en una camioneta gris un muchacho de ojos turbios y pelo rizado, acompañado de Adelita.

"Es mi sobrino", dijo "se está haciendo una casa y ha cambiado todos los electrodomésticos. Por eso nos los da." "Pero esta nevera y esta cocina están nuevas. Tendré que pagárselas" dije yo, un poco desconcertada.

"¡Qué va! Si lo que ocurre es que apenas han estado en la antigua casa, puerta por puerta con la de sus padres. De hecho vivían con ellos, comían con ellos, veían la televisión con ellos. Por eso están tan nuevos los electrodomésticos." Y Adelita levantaba su cara de luna y clavaba los ojos en los míos que, incapaz de reparar en que si estaban tan nuevos no había necesidad que los cambiaran, no sabía si aceptar tanta generosidad o comenzar a dudar de todo lo que oía y veía.



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