
El cambio no me pasó desapercibido y cada vez que volvía a la casa del molino se hacía más evidente, pero aunque había algo misterioso e inquietante en esa nueva actitud de Adelita, no quise detenerme a pensar en ello, tal vez porque me parecía que no importaba demasiado, que era hasta cierto punto natural que al tener menos trabajo se sintiera mejor en su nuevo papel de única rectora de la casa y del jardín, e incluso de vigilante de los campos. Y no es que se tomara más atribuciones que las que la nueva situación le otorgaba, sino que como yo iba dejando para más adelante la decisión de cerrar la casa y volver a Madrid o al menos a Barcelona, donde había nacido y vivido hasta que me fui a estudiar a Estados Unidos, era yo la que poco a poco lo iba dejando todo en sus manos. Además, cada vez eran más largas mis ausencias.
También cada vez eran más frecuentes los viajes que hacía con Gerardo, el amigo querido de toda la vida que había reaparecido con motivo de la muerte de mi padre y que casi sin darme cuenta, con la suavidad de un simple gesto de ternura, se había convertido en mi pareja. Pasaba con él buena parte de mis semanas libres y muchas veces iba sólo a la casa del molino a cambiar el contenido de la maleta.
En esas ocasiones, al marido y a los hijos de Adelita no los veía. Una de las puertas de la casa de los guardas donde vivía la familia daba a la parte trasera del jardín, muy cerca de nuestra cocina, pero la puerta que utilizaban para entrar y salir de la vivienda los hijos y el marido se abría directamente a un terreno baldío donde dejaban las motos, que limitaba con el camino, y estaba completamente de espaldas a la casa.
