¿Ve cómo me comprende?" Había trabajado también en una residencia de ancianos, de la que prácticamente se encargaba ella sola. Nada le gustaba más, nada en este mundo, decía cerrando sus ojitos y frunciendo la frente, que cuidar a los ancianos que eran para ella como la madre que tanto había querido y que no había podido cuidar.

"¿Por qué no la había podido cuidar?", preguntaba yo.

"Cosas de familia, señora.

¡Ha sido tanto lo que yo he pasado! Pero mire lo que le digo, yo siempre he puesto paz entre los hermanos, siempre. Y cuando murió mi padre…" Había regentado un hotel donde cocinaba cuando el cocinero estaba enfermo, y durante el verano anterior a su llegada a mi casa, había llevado ella sola seis apartamentos…

"Y ¿por qué lo dejó?" "El propietario no quería que lo dejara, claro, necesitó varias chicas para sustituirme, pero le digo la verdad, yo ya no podía, era demasiado…" Y en un momento en que su marido se puso enfermo también había trabajado como albañil. Sabía poner inyecciones, coser las heridas de los perros…

"¡Qué no habrá hecho usted, Adelita!", le decía yo que no quería ni me importaba saber si todo aquello había podido transcurrir en los veinte años de vida laboral de la mujer, y que lo único que deseaba es que me dejara leer el libro que había dejado en el regazo. A veces, bostezaba con ostentación para ver si se daba por aludida y me permitía descansar.

"Lo que a usted le ocurre, señora, es que tiene la tensión baja", decía entonces ella, y salía corriendo para volver al minuto con un aparato de tomar la tensión, se ponía alrededor de la cabeza el fonendoscopio y con un gesto de concentración de experta, comenzaba a darle a la pera hasta que, desviando la mirada al techo como si estuviera concentrada en oír los latidos de la sangre, hacía un gesto como queriendo decir, si ya lo decía yo.



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