"¿En Gerona? ¿Dónde?" "Quien la robó la vendió a una joyería." "¿Y quién la robó?" El sargento sonrió y señaló con la cabeza en dirección a la sala de espera, pero no movió las manos, que mantenía cruzadas con los codos apoyados en los brazos del sillón, ni dijo una palabra.

Me volví.

"¿Quién?" "Ella, su guarda", dijo, y siguió sonriendo inmóvil, comprobando el efecto de sus palabras.

"¿Adelita?" "La misma." "¿Cómo lo sabe?" "Porque fue ella la que vendió la joya, y el joyero le exigió el carnet de identidad. Fue ella también la que le dijo que era la guarda de la casa de usted." "¿Cuándo se lo dijo?" "El mismo día que fue a venderla, el 11 de noviembre." "Mi cumpleaños", dije con asombro, como si añadiera un dato más a la investigación porque algo me decía que mostrar mi estupor sería alinearme de entrada con el guardia civil y ponerme en contra de Adelita. Al fin y al cabo, me dije, tal vez para justificar la sorpresa, bien podría ser que se hubiera equivocado. No hay que precipitarse, y añadí: "¿Está seguro?" "Completamente seguro." Hubo un momento de silencio.

El sargento Hidalgo seguía sin moverse pero había dejado de sonreír y parecía esperar a que digiriera la noticia.

"Y si lo sabe desde entonces, ¿por qué no me lo ha comunicado antes? Hoy es 30 de diciembre." "Estaba usted ausente." "¿Cómo lo sabe?", y le miré con desconfianza.

El sargento pareció perder pie por primera vez.

"Bueno", balbuceó, "ésta es la noticia que me llegó del comisario de policía de Gerona." "Lo podría usted haber comprobado y, en cualquier caso, nada les habría costado enviarme una carta, un fax o un telegrama. Quien tan bien sabía que yo estaba ausente sabría también que en mi casa saben siempre dónde estoy." De nuevo el sargento recobró la iniciativa y la seguridad.

"Comprenderá que en estas circunstancias se hacía muy difícil hablar con su guardesa." "¿Por qué? No tenían más que pedirle mi dirección.



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