"¿Dónde tenía la joya?" "En un cuarto de armarios detrás de mi habitación, en el primer piso de la casa." El hombre escribía con atención, mordiéndose la punta de la lengua. El ruido de la máquina horadaba el halo de luz de su lámpara.

"¿En el armario o en una caja dentro del armario?" "En un joyero, dentro de la caja fuerte, que no estaba cerrada." "¿No estaba cerrada?" "No tenía puesta la combinación, estaba sólo cerrada con llave pero la llave estaba en la cerradura." Hizo un leve gesto de irónica extrañeza pero continuó: "¿En cuánto la valora?" "No sé lo que vale ahora.

Cuando me casé, hace veinte años, costó una fortuna, un millón de pesetas, creo." Lo recordaba bien, recordaba que mi marido, como si se tratara de un gran secreto, me había dicho lo que sus padres se habían gastado en ella. Sí, un millón en aquel tiempo era como hablar ahora de un tesoro.

Fueron muchas las preguntas que respondí bajo la mirada atenta de Adelita. Cuando acabamos, sacó el papel de la máquina de escribir, me pidió que lo firmara si estaba de acuerdo, y una vez lo hube hecho, me entregó la copia. Y ya me disponía a irme cuando se acercó otro guardia civil y me dijo: "Quiere pasar un momento? El sargento Hidalgo la espera." Lo seguí por el pasillo y lo mismo hizo Adelita.

"No", le dijo con amabilidad el guardia, "usted espere un momento." El sargento fue breve. Se presentó: "Soy el sargento Hidalgo", dijo, y al darme la mano, añadió: "encantado, señora. No tenía el gusto de conocerla personalmente, pero sí sabía que vivía usted en los alrededores. ¿Tiene aquí su domicilio?" "No del todo, yo vivo en Madrid, pero vengo aquí muy a menudo, y pienso venir más a medida que trabaje menos." Sonrió y me hizo sentar frente a su mesa, y sin preámbulos de ningún tipo, dijo que la sortija cuyo robo había venido a denunciar estaba en Gerona.



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