"Al día siguiente", me dijo, "si a la señora le conviene." A la señora le convenía en gran manera, pensé, porque tenía que irme al cabo de una semana y me daba cuenta de que en unos pocos días esta mujer, que según lo que me había dicho tenía experiencia en trabajar y llevar una casa, podría aprender el manejo de la mía, conocer los cuidados que necesitaba mi padre inválido, y familiarizarse con Jalib, el jardinero que teníamos contratado por horas un par de días a la semana. Así yo podría irme en paz a Madrid, la ciudad donde vivía y trabajaba.

"Usted quedará contenta, ya lo verá. Si viera usted lo contentos que estaban conmigo los señores Álvarez, los que tienen esa cadena de heladerías en Barcelona, ¿los conoce? Con toda tranquilidad me dejaban sola, o incluso con los niños. Yo era quien llevaba la casa. Estuve con ellos más de cinco años. Y todavía hoy, cuando los encuentro, me abrazan y lloran." "¿Los Álvarez de Álvarez y Bonmatí?", pregunté, satisfecha por haber encontrado esa nueva referencia.

"Sí, ésos, ¿los conoce?", y me miró fijamente un instante.

"Sí, sé quiénes son." "Pues pregúnteles. Ya verá.

Fue una pena que muriera el marido y ella tuviera que traspasar el negocio e irse a vivir con la madre a Francia." "No sabía", dije yo, que si bien llevaba años sin ver a los Álvarez de Álvarez y Bonmatí, los conocía lo suficiente como para haberme enterado de la desgracia.

Pero hacía tanto tiempo que no vivía en Barcelona, tanto tiempo que me había distanciado de mis amigos y conocidos de la ciudad, que achaqué a la ausencia mi ignorancia, pasé el hecho por alto y pregunté: "¿Puede comenzar mañana?" "Sí", respondió ella sin levantar la vista, "ya se lo he dicho, puedo comenzar cuando usted quiera." "¿Y qué ocurre con su casa? De hecho, usted ¿dónde vive ahora?", quise saber.



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