
Tal vez el extraordinario aplomo con el que mentía fue la razón por la que, hasta mucho más adelante, no caí en la cuenta de que cuanto más sostenía la mirada, mayor era el embuste. No logro comprender cómo me resistí a aceptarlo durante tanto tiempo a pesar de que las pruebas eran inequívocas y numerosas, e incluso cuando ya estaba por rendirme a la evidencia llegué a pensar que mentía sólo por el mero placer de fabular. Tal vez de haber estado yo más atenta a ella y a sus cuitas lo habría admitido mucho antes. Pero aun viéndolo y palpándolo desde el principio, no admití el motivo de su insistencia en la mentira hasta mucho más tarde, casi al final de la historia, y cuando me decidí a aceptar que la mentira, como todas las mistificaciones que acabé descubriendo en ella, se debía simplemente a un vehemente e impenitente deseo de ser mejor, más bella, más rica y más inteligente, de salir del pozo de insatisfacción en el que el destino la había situado y la vida mantenido, de todos modos ya era demasiado tarde, incluso para mí.
Pero aquel día de la primera entrevista en el bar La Estrella Polar sólo vi lo que quería ver.
Las referencias de la carnicera eran vagas pero me bastaron: "Es muy buena mujer, hace años que viene a comprar a la carnicería, la conozco bien a ella y a toda su familia." Y aunque había entrevistado a otras candidatas que podrían haberme convenido, ella tenía a su favor que ya había cuidado enfermos anteriormente y podía comenzar en seguida.
