
"Va a disponer de todo lo mío como si fuera yo misma. Va a quedarse en la casa cuando yo no esté.
Va a entrar en mi vida. ¿De qué la conozco?" Alejé ese desasosiego que nunca había sentido antes al contratar ayudas para la casa o guardas o enfermeras para cuidar a mi padre y volví a la figura que componían ella y su mobilette, ese centauro grotesco tal vez, pero de cualquier modo inquietante: "¡Cómo voy a saber si he hecho bien!" No era tranquila la voz de mi conciencia.
Habían pasado tres años y Adelita había cumplido su palabra.
Era una mujer lista y eficaz que tenía un verdadero prurito en hacer las cosas bien hechas. Nada le gustaba más que organizar de improviso un almuerzo para quince personas, que cocinaba y servía sin que yo apenas tuviera que hacerle una leve indicación. Se sentía tan orgullosa de mis invitados como si hubieran sido los suyos, les servía el aperitivo e incluso en un exceso de celo se colgaba una servilleta doblada en el antebrazo, "como en el hotel donde yo iba a ayudar los días que había banquete", decía.
Mantenía las habitaciones en perfecto orden, cuidaba a "su viejo señor inválido", como llamaba a mi padre con cariño, lo lavaba y afeitaba, le daba de comer, lo sacaba todos los días a la solana y lo paseaba con ayuda del jardinero los días que trabajaba en casa, o sola si no había nadie más. Atendía a la enfermera de noche, limpiaba, cosía, cuidaba del perro y del gato, a los que mangoneaba, enjabonaba y fregoteaba, y cuando yo tenía que irme a Madrid para volver a mis clases me hacía las maletas con esmero y atención, y las deshacía a mi vuelta después de haber salido a recibirme; llevaba el equipaje a la habitación y me subía una taza de té que yo le agradecía del mismo modo que lo hacía al ver brillar la madera de los muebles, descubrir flores en los jarrones, encontrar la nevera con todo lo necesario y la mesa bien dispuesta para la próxima comida.
