
Al poco tiempo llegué a la conclusión de que había contratado a la persona ideal, una perla, tan responsable que apenas me exigía trato ni convivencia, los mínimos por lo menos para sumirme en una extraña y deliciosa sensación de comodidad. Y cuando al final del segundo año murió mi padre, su comportamiento me reafirmó en esa convicción, porque fue ella la que se ocupó de limpiar el cadáver y amortajarlo, y organizar el entierro, haciendo y deshaciendo y dando órdenes o sustituyendo en su labor a los empleados de la funeraria, que no pusieron objeción ninguna a que alguien les hiciera el trabajo.
Es más, Adelita preparó un somero bufet funerario al estilo de su lejano pueblo de la provincia de Albacete para los pocos amigos que asistieron a las exequias, con un surtido de tortas de pimientos, buñuelos de bacalao, huevos duros y empanadillas de carne picante que, si bien me parecieron un tanto pintorescos para la ocasión, la dejé hacer porque no tenía humor para contradecirla y porque en el fondo me daba igual.
Después llegaron aquellos días vacíos, más vacíos porque no había trajín en la casa, o a mí me lo parecía, o porque la ausencia del padre por dura que haya sido la vida con él deja un agujero negro difícil de aceptar y de soportar.
Y porque sabía, además, que habría de tomar una decisión sobre la casa y no me sentía con capacidad para hacerlo. Todo funcionaba tan bien ahora en comparación con los años anteriores a su llegada que el solo pensamiento de abandonarla me ponía de malhumor, como si fuera una desagradecida que no supiera valorar la dicha que me había caído del cielo, como si no fuera capaz de aprovechar una oportunidad que nunca más se me presentaría.
