– Específicamente, señor -repuso el rey, brillantes los ojos.

– Entonces, tus sacerdotes no tendrán nada que oponer si un griego se alza contra ella, ¿no es cierto?

– Lógica conclusión, Heracles.

– Yo he matado muchos leones -prosiguió Heracles mirando a Teseo-, incluido el de Nemea, cuya piel visto.

Mi padre rompió a llorar.

– ¡Oh, Heracles, libéranos de esta maldición! Si lo haces, nos consideraremos muy en deuda contigo. No hablo sólo en mi nombre, sino en el de mi pueblo, que ya ha sufrido la pérdida de treinta y seis doncellas.

Aguardé complacido con creciente expectación. Heracles no era un necio y no se ofrecería a eliminar un león enviado por un dios sin que mediase alguna compensación para sí.

– Rey Laomedonte -respondió el griego en voz bastante alta para atraerse todas las miradas-, te propongo un trato. Yo mataré a tu león a cambio de un par de caballos de tus cuadras, un semental y una yegua.

¿Qué podía hacer mi padre? Claramente acorralado por la naturaleza pública de aquella propuesta, no le quedó otra elección que acceder a ella a fin de que no se divulgara su inhumano egoísmo por toda la corte, entre sus parientes próximos y lejanos. De modo que asintió simulando cierta alegría.

– Si consigues acabar con ese león, tendrás lo que me pides, Heracles -respondió.

– Así sea.

Heracles permaneció inmóvil unos instantes, con mirada ausente, sin pestañear ni reparar en lo que sucedía. Luego suspiró, se recuperó y centró su atención en Teseo.

– Iremos mañana, Teseo. Mi padre dice que el león aparecerá a mediodía.

Incluso los griegos que lo acompañaban quedaron impresionados.

Con las delicadas muñecas cargadas de cadenas y los tobillos ceñidos por grilletes de oro, ataviadas con sus mejores ropas, los cabellos recién rizados y los ojos pintados, las seis muchachas aguardaban a que los sacerdotes entrasen en el patio que se encontraba frente al templo de Poseidón, constructor de murallas.



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