De las mujeres la charla mudó espontáneamente a los caballos: yo esperaba que Heracles abordase el tema porque había reparado en su astuta mirada cuando apreciaba la calidad de mis blancos corceles.

– Los caballos que conducían hoy la carroza de tu hijo eran realmente magníficos, señor -dijo por fin-. Ni siquiera en Tesalia pueden jactarse de poseer una raza semejante. ¿Están en venta?

– Sí, son magníficos -respondió mi padre con expresión avarienta-, y los vendo… Pero me temo que el precio te parecerá prohibitivo. Pido, y obtengo, mil talentos de oro por una yegua.

Heracles encogió sus poderosos hombros con aire pesaroso.

– Tal vez podría permitirme pagarlos, señor, pero tengo que adquirir cosas más importantes. Lo que pides es un rescate real.

Y no volvió a mencionar a los animales.

A medida que avanzaba la noche y la luz se desvanecía, mi padre comenzó a entristecerse al recordar que a la mañana siguiente su hija sería conducida al sacrificio. Heracles, que había reparado en ello, le puso la mano en el brazo y le preguntó:

– ¿Qué te aflige, rey Laomedonte? -Nada, señor, nada en absoluto. Heracles mostró una sonrisa singularmente dulce. -Gran rey, me consta que tu rostro refleja preocupación. ¡Cuéntame de qué se trata!

Y la historia surgió de manera atropellada, aunque, desde luego, presentada bajo las perspectivas más favorables a mi padre. Le explicó que lo acosaba un león enviado por Poseidón, que los sacerdotes habían ordenado el sacrificio de seis doncellas cada primavera y cada otoño, y que en aquella ocasión, entre las víctimas escogidas, había sido incluida Hesíone, su hija más querida.

Heracles permaneció pensativo unos instantes. -¿Qué dijeron exactamente los sacerdotes? ¿Ningún troyano levantará su mano contra la bestia?



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