
Al principio mi padre no hizo caso de las predicciones de Calcante ni del oráculo y, cuando llegó el otoño, ordenó de nuevo a los miembros de la guardia real que fuesen a matar a la bestia. Pero había subestimado el temor que los hombres corrientes sienten hacia los dioses y, aunque amenazó a sus guardianes con ejecutarlos, se negaron a cumplir sus órdenes. Furioso pero frustrado, informó a Calcante de que se negaba a entregar oro troyano a la Lirneso dárdana y que sería mejor que los sacerdotes ideasen otra opción. Calcante recurrió de nuevo al oráculo, el cual le anunció claramente que existía tal alternativa: por el momento Poseidón se sentiría satisfecho si cada primavera y cada otoño seis doncellas vírgenes escogidas a suertes eran encadenadas en la dehesa caballar y entregadas al león.
Como es natural, el rey prefirió entregar las doncellas al dios en lugar del oro y se adoptó el nuevo sistema. El problema era que, en realidad, jamás confiaba esa cuestión a los sacerdotes, no porque fuera un sacrilego -entregaba a los dioses lo que consideraba que se les debía-, sino porque detestaba verse esquilmado. De modo que cada primavera y cada otoño todas las doncellas vírgenes de quince años se cubrían con una especie de sudario blanco de la cabeza a los pies para no ser identificadas y se alineaban en el patio de Poseidón, constructor de murallas, donde los sacerdotes escogían a seis de aquellos anónimos bultos blancos para el sacrificio.
La táctica funcionó. Dos veces al año pasaba por allí el león, sacrificaba al grupo de muchachas encadenadas y dejaba ilesos a los caballos. Para el rey Laomedonte aquél era un precio ínfimo por la salvaguarda de su orgullo y la conservación de su negocio.
Cuatro días antes de que llegase el otoño se escogió a las víctimas. Cinco de las jóvenes procedían de la ciudad, la sexta era de la Ciudadela, el gran palacio. Se trataba de Hesíone, la hija predilecta de mi padre. Cuando Calcante acudió a darle la noticia, él se mostró incrédulo.
