
– ¿Tan idiotas habéis sido que no habéis marcado su sudario? -inquirió-. ¿Quieres decir que mi hija ha sido tratada como todas?
– Es la voluntad del dios -repuso Calcante, imperturbable.
– ¡No es voluntad divina que mi hija sea escogida! ¡Él desea recibir seis vírgenes, nada más! ¡De modo que busca a otra víctima, Calcante!
– No puedo, gran rey.
El sacerdote se negó a ceder en su postura. Una mano divina había dirigido tal elección, lo que significaba que Hesíone y nadie más que ella satisfaría las condiciones del sacrificio.
Aunque ningún cortesano estuvo presente durante tan tensa y borrascosa entrevista, circularon noticias de ella de uno a otro extremo de la Ciudadela. Los mensajeros propicios como Antenor condenaban rotundamente al sacerdote mientras que los múltiples hijos del rey -incluido yo mismo, su heredero- pensábamos que por fin nuestro padre tendría que darse por vencido y pagar a Poseidón los cien talentos anuales de oro. Al día siguiente el rey convocó a su consejo, reunión a la que, como es natural, asistí, puesto que el heredero debía oír cómo se dictaban las sentencias.
Laomedonte se mostraba tranquilo y despreocupado. El monarca era pequeño, había superado sobradamente la juventud, tenía largos cabellos plateados y vestía una larga y áurea túnica. Los matices de su voz me sorprendían constantemente porque era profunda, noble, melódica y firme.
– Mi hija Hesíone ha accedido a someterse al sacrificio -comunicó a la asamblea de hijos y primos hermanos y lejanos-. Así se lo exige el dios.
Tal vez Antenor suponía lo que diría el rey, pero ni yo ni mis hermanos menores lo imaginábamos.
– ¡Señor! -exclamé impulsivo-. ¡No puedes hacer eso! ¡En situaciones difíciles el rey puede someterse a sacrificio por el bien de su pueblo, pero sus hijas doncellas pertenecen a la virgen Artemisa, no a Poseidón!
