Al monarca no le agradó verse reprendido por su primogénito ante la corte. Apretó los labios e infló el pecho.

– ¡Mi hija ha sido escogida, Podarces Príamo! ¡Escogida por Poseidón!

– Poseidón se sentiría más satisfecho si se le entregaran cien talentos de oro en su templo de Lirneso -mascullé.

En aquel momento advertí que Antenor sonreía desdeñoso. ¡Debía de estar encantado ante el enfrentamiento del rey y su heredero!

– ¡Me niego a pagar un oro obtenido con muchos sacrificios a un dios incapaz de construir unas murallas bastante resistentes para sobrevivir a sus propios terremotos! -exclamó Laomedonte.

– ¡No puedes enviar a Hesíone a la muerte, padre!

– ¡No soy yo quien la envía al sacrificio sino Poseidón!

El sacerdote Calcante se movió con inquietud un instante pero volvió a inmovilizarse.

– ¡Un mortal como tú no debería culpar a los dioses de sus propios fallos! -le dije.

– ¿Dices que tengo fallos?

– Todos los mortales los tenemos -respondí-, incluso el rey de la Tróade.

– ¡Aléjate de mi presencia, Podarces Príamo! ¡Sal de esta estancia! ¡Quién sabe, tal vez el año próximo Poseidón pida en sacrificio a los herederos del trono!

Antenor seguía sonriendo. Me volví y abandoné el salón buscando alivio en el aire libre y en la ciudad.

En el exterior el aire frío y húmedo procedente de la lejana cumbre del Ida serenó mi furia mientras pasaba por la terraza flanqueada por estandartes y me dirigía a la escalera de doscientos peldaños que subía hasta la cumbre de la Ciudadela. Allí, por encima de la llanura, apoyé las manos en aquella obra fabricada por los hombres, porque la Ciudadela no había sido construida por los dioses sino por Dárdano: Aquellos huesos cuidadosamente cuadriculados de la madre tierra me transmitían algo y en aquel momento percibí el poder que reside en el rey. Me pregunté cuántos años tendrían que pasar hasta que yo vistiese la áurea tiara y ocupara el trono de marfil de Troya. Los hombres de la casa de Dárdano eran longevos y Laomedonte aún no había cumplido setenta años.



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