En lugar de ello se abría según un sistema ideado por el arquero Apolo mientras yacía al sol viendo afanarse a Poseidón. La base de la hoja de la puerta descansaba sobre una enorme roca redonda instalada en una zanja profunda y curva sobre la que se habían echado cadenas de bronce macizo. Cuando la puerta tenía que cerrarse, se uncía un rebaño de treinta bueyes a las cadenas, que arrastraban poco a poco la hoja mientras la roca giraba a lo largo del fondo de la zanja.

En mi infancia, ansioso de presenciar tal espectáculo, había rogado a mi padre que unciera los bueyes, a lo que él se había negado riendo y, sin embargo, allí estaba yo, con cuarenta años, diez esposas y cincuenta concubinas, aún deseoso de ver cerrarse la puerta Escea.

Por encima de la entrada, un arco en voladizo unía las murallas de ambos lados permitiendo así la continuidad del pasillo que discurría en lo alto por todo el perímetro de la ciudad. La plaza Escea, en el interior, permanecía constantemente a la sombra de aquellas fantásticas murallas construidas por el dios, que alcanzaban treinta codos sobre mi cabeza, esbeltas y lisas, resplandecientes al sol que las bañaba.

Hice señas a mi auriga para que siguiera adelante pero, antes de que sacudiera las riendas, cambié de opinión y lo detuve. Un grupo de hombres acababa de entrar en la plaza: eran griegos, algo evidente en su atuendo y sus modales. Vestían faldellines o calzones de cuero muy ceñidos hasta la rodilla; algunos iban desnudos hasta la cintura y otros lucían camisas de cuero labrado abiertas para mostrar el pecho. Sus ropas eran vistosas y engalanadas con áureos dibujos o lucían borlas o piezas de badana teñida; ceñían sus cinturas con anchos cinturones de bronce con incrustaciones de oro y lapislázuli; cuentas pulidas de cristal pendían de sus orejas; llevaban en las gargantas grandes collares de gemas y sus largas cabelleras pendían en cuidados rizos.

Los griegos eran más altos y más rubios que los troyanos pero aquéllos aún lo eran más y tenían el aspecto más temible que había visto en mi vida. Sólo la riqueza de sus ropas y de sus joyas evidenciaban que no eran vulgares merodeadores, porque iban armados de lanzas y largas espadas.



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