
Al frente de ellos se encontraba un hombre sin duda único, un gigante que sobrepasaba a los restantes miembros del grupo. Debía de medir seis codos de altura y sus hombros eran como oscuras montañas. La barba, negra y modelada en pico, le cubría la potente mandíbula, y sus negros cabellos, aunque muy recortados, caían alborotados y rebeldes sobre una frente que se proyectaba amenazadora sobre los ojos. Se cubría simplemente con una enorme piel de león que pendía sobre su hombro izquierdo y bajo el brazo derecho, y cuya cabeza lucía a modo de capucha en la espalda, con las terribles mandíbulas abiertas y exhibiendo los poderosos colmillos.
El hombre se volvió y me descubrió observándolo. Me quedé como petrificado, fija la mirada en sus apacibles ojos -que todo lo habían visto y resistido y que habían experimentado todas las degradaciones que los dioses pueden imponer a un hombre-, que irradiaban inteligencia. Imaginé que me apoyaba en la casa que estaba a mis espaldas, con el espíritu desnudo y la mente sometida a su atracción.
Pero hice acopio de valor y me erguí orgulloso: poseía un gran título, viajaba en un carruaje repujado en oro, conducido por la pareja de caballos blancos más hermosos que él había visto, y mi ciudad era la más poderosa del mundo.
El hombre se movía entre el bullicio y ajetreo de la plaza del mercado como si no existiera cuanto le rodeaba. Avanzó a mi encuentro seguido de dos de sus compañeros y acarició los negros hocicos de mis corceles con su manaza.
– ¿Eres de palacio? ¿Tal vez de la casa real? -me preguntó con voz profunda aunque sin arrogancia.
– Soy Podarces, llamado Príamo, hijo y heredero de Laomedonte, rey de Troya -le respondí.
