– Maldita loca.

Sintió que la hacían girar en redondo y se encontró delante de un hombre de unos cuarenta y dos años. Tenía las facciones contraídas por el dolor y le corrían lágrimas por las mejillas. Le llevó un minuto reconocerlo. Bill Verner. Su hijo era uno de los perdidos.

– No se meta. -Las manos de Verner se le clavaron en los hombros y la sacudieron. -Deje que lo maten. Ya nos causó demasiado dolor y ahora otra vez trata de que se salve. ¡Deje que lo frían de una vez, carajo!

– No puedo… ¿No entiende? Ellos están perdidos. Tengo que…

– No se meta o le juro que voy a hacer que se arrepienta de…

– Déjela en paz. -Quinn se adelantó y apartó con dureza las manos de Verner. -¿No ve que está sufriendo más que usted?

– No me venga con pavadas. Ese mal nacido mató a mi hijo. No voy a permitir que ella vuelva a impedir que lo maten.

– ¿Cree que no quiero que muera? -le espetó Eve con ferocidad-. Es un monstruo. Lo mataría con mis propias manos, pero no puedo permitir que…

No había tiempo para discutir, pensó con desesperación. No había tiempo para nada. Ya debía de ser casi medianoche.

Lo iban a matar.

Y Bonnie se perdería para siempre.

Se apartó de Verner y corrió hacia el portón.

– ¡Eve!

Golpeó el portón con los puños.

– ¡Déjenme entrar! Me tienen que dejar entrar. Por favor, no lo hagan.

Relampagueos de cámaras fotográficas.

Los guardias de la prisión se estaban acercando.

Quinn trató de apartarla del portón.

El portón se estaba abriendo.

Quizá todavía quedara una posibilidad.

El director se acercó.

– ¡Deténgalo! -gritó ella-. ¡Tiene que detenerlo!

– Vuelva a casa, señora Duncan. Ya terminó todo. -El director pasó junto a ella y se dirigió hacia las cámaras de televisión. No podía haber terminado todo.



2 из 333