No quería pensar en esa noche, dentro de ella la desesperación y el dolor seguían en carne viva…

Pues pensaría en eso de todos modos. Había aprendido que la única forma de sobrevivir al dolor era enfrentarlo de lleno.

Fraser estaba muerto.

Y Bonnie, perdida.

Cerró los ojos y dejó que la oleada de dolor y sufrimiento la envolviera. Cuando pasó, los abrió y se acercó a la computadora. El trabajo siempre la ayudaba. Tal vez hubiera perdido a Bonnie para siempre, sin posibilidad alguna de encontrarla, pero había otros…

– ¿Te trajeron otro? -Sandra Duncan apareció en la puerta, con pijama y su bata preferida de lana rosada. Tenía la vista fija en el cráneo sobre la repisa. -Me pareció oír el ruido de un coche en la entrada. Por Dios, Joe podría dejarte un poco tranquila.

– No quiero que me dejen tranquila. -Eve volvió a sentarse frente al escritorio. -No hay problema, no es un trabajo apresurado. Vuelve a la cama, mamá.

– No, la que se tiene que ir a la cama eres tú. -Sandra Duncan se acercó al cráneo. -¿Es de una niñita?

– Preadolescente.

Hubo un silencio.

– No la vas a encontrar nunca, sabes. Bonnie no está. Acéptalo, Eve.

– Ya lo acepté. Sólo hago mi trabajo.

– Sí, claro, por supuesto.

Eve sonrió.

– Vete a dormir.

– ¿Te puedo ayudar en algo? ¿Prepararte algo de comer?

– Tengo demasiado respeto por mi sistema digestivo como para permitirte sabotearlo.

– Bueno, hago lo que puedo -respondió Sandra e hizo una mueca-. Algunas personas no nacimos para cocinar.

– Tienes otros talentos.

Su madre asintió.

– Soy una buena reportera judicial y también sirvo para retar a la gente. ¿Vas a irte a la cama o tengo que hacer una manifestación? -Quince minutos más.

– Bueno, te doy quince minutos. -Se dirigió a la puerta. -Pero quiero oír cómo se cierra la puerta de tu dormitorio. -Hizo una pausa y luego prosiguió, incómoda. -Mañana no volveré a casa directamente después del trabajo. Salgo a cenar.



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