
– Ha estado haciendo averiguaciones sobre ti.
– ¿Qué?
– No en persona, sino a través de un poderoso abogado de la Costa Oeste, Ken Novak. Cuando me lo contaron en el Departamento de Policía, me puse a investigar un poco y estoy casi seguro de que detrás de él está Logan.
– No creo. -Eve sonrió. -No tiene sentido.
– Ya has trabajado en investigaciones privadas -bromeó Joe-. Un tipo en la posición de él debe de haber dejado un reguero de cadáveres en el camino a la cima. Tal vez haya olvidado dónde los enterró.
– Ja, ja, qué gracioso. -Eve se frotó la nuca con gesto cansado. – ¿El abogado obtuvo su informe?
– ¿Qué crees? Sabemos muy bien cómo cuidar a nuestra gente. Avísame si consigue tu número particular y empieza a molestarte. Nos vemos. -La puerta se cerró detrás de él.
Sí. Joe la protegería como siempre lo había hecho, y no había nadie que lo hiciera mejor. Había cambiado desde que se conocieron, años atrás. El tiempo le había borrado a martillazos el aire de niño. Poco después de la ejecución de Fraser renunció a su puesto de agente del FBI y se unió al Departamento de Policía de Atlanta, donde ahora era teniente detective. En realidad, nunca le contó por qué lo había hecho. Eve se lo había preguntado, pero la respuesta de él -que deseaba quitarse de encima la presión del FBI- nunca la dejó satisfecha. Joe era una persona reservada y ella no había querido presionar. Lo que sabía con certeza era que siempre podía contar con él.
Aun aquella noche en la cárcel cuando se sintió más sola que nunca.
