
Un hombre ancho de espaldas, frente despejada y pelo muy largo y gris recogido en una coleta, que estaba sentado en la primera fila y cuyo teléfono móvil había sonado tres veces para irritación de la sala, mostró un cartoncito con el número 11; y otras manos se alzaron mientras la atención del subastador, que tenía el pequeño martillo de madera en alto, iba de uno a otro y su voz educada repetía cada oferta, sugiriendo la siguiente con monotonía profesional. El precio de salida estaba a punto de doblarse, y los aspirantes al lote 307 iban quedándose por el camino. Mantenían la liza el individuo corpulento de la coleta gris, otro flaco y barbudo, una mujer de la que no podía ver más que un cabello rubio en media melena y la mano que alzaba su cartulina, y un hombre calvo muy bien vestido. Cuando la mujer dobló el precio inicial, el de la coleta gris se volvió a medias, mirando en su dirección con gesto irritado, y Coy pudo ver unos ojos verdosos y un perfil agresivo, nariz grande y aire arrogante. La mano que alzaba la cartulina llevaba varios anillos de oro. No parecía acostumbrado a que le disputasen piezas de subasta, y con ademán brusco terminó volviéndose a su derecha, donde una joven morena muy maquillada, que atendía en susurros el teléfono cada vez que sonaba, sufrió las consecuencias de su mal humor cuando se puso a reconvenirla ásperamente, en voz baja.
– ¿Alguien supera la oferta?
El de la coleta gris alzó la mano y la mujer rubia contraatacó alzando su cartulina, que era la número 74. Aquello daba tensión a la sala. El flaco barbudo prefería retirarse de la puja, y tras dos nuevos remontes el hombre calvo y bien vestido empezó a titubear. El de la coleta subió la oferta, haciendo fruncir ceños a su alrededor cuando el teléfono se puso a sonar de nuevo y lo tomó de manos de la secretaria, encajado entre un hombro y la oreja, la otra mano alzándose a tiempo para responder al envite que la mujer rubia acababa de hacer.