
– ¿Desean mejorar la oferta?
El subastador mantenía el martillo en alto, y su mirada inquisitiva apuntaba al individuo de la coleta, que había devuelto el móvil a la secretaria y lo miraba contrariado. La última propuesta, exactamente el triple del precio inicial, había sido cubierta por la mujer rubia; cuyo rostro Coy no podía ver por más que, curioso, atisbaba entre las cabezas que tenía delante. Resultaba difícil establecer si era el monto de la puja lo que desconcertaba al de la coleta, o la encarnizada competencia de la mujer.
– Damas y caballeros, ¿nadie ofrece más? -dijo el subastador, con mucha calma.
Se dirigía al de la coleta, sin obtener respuesta. Toda la sala miraba en la misma dirección, expectante. Incluido Coy.
– Tenemos entonces ese precio, que parece definitivo, a la una… Ese precio a las dos…
El del pelo gris alzó su cartulina, con gesto tan violento como si empuñase un arma. Mientras un murmullo se extendía por la sala, Coy volvió a mirar a la mujer rubia. Su cartulina ya estaba en alto, superando la oferta. Eso disparó de nuevo la tensión; y como si se tratara de un combate a vida o muerte, los presentes asistieron durante los siguientes dos minutos a un rápido duelo de cuyo intenso ritmo -aún no bajaba el cartón número 11 cuando ya estaba en alto el 74- no pudo ni siquiera sustraerse el subastador, que hubo de hacer un par de pausas para llevarse a los labios el vaso de agua que tenía junto al atril.
