
idea cuya sola consideración le daba náuseas, pues Coy -aunque a bordo del “Isla Negra” no le había servido de mucho- poseía en alto grado la virtud principal de todo marino: un cierto sentido de la inseguridad, entendida como desconfianza; algo comprensible sólo por quien en el golfo de Vizcaya ve un barómetro bajar cinco milibares en tres horas, o se encuentra en el estrecho de Ormuz adelantado por un petrolero de medio millón de toneladas y cuatrocientos metros de eslora que cierra poco a poco el paso. Era la misma sensación imprecisa, o sexto sentido, que lo despertaba a uno de noche por un cambio en el régimen de las máquinas, lo inquietaba ante la aparición de una lejana nube negra en el horizonte, o hacía que de improviso, sin causa justificada, el capitán apareciese por el puente a dar una vuelta mirando aquí y allá, como quien no quería la cosa. Algo común, por otra parte, en una profesión cuyo gesto habitual estando de guardia consiste en comparar a cada momento el compás giroscópico con el compás magnético; o dicho de otro modo, comprobar un falso norte mediante un norte que tampoco es el verdadero norte. Y en lo que a Coy se refiere, ese sentido de la inseguridad se acentuaba, paradójicamente en cuanto dejaba de pisar la cubierta de un barco. Tenía la desgracia, o la fortuna, de ser uno de esos hombres para quienes el único lugar habitable se encuentra a diez millas de la costa más próxima.
