Acababa de cumplir treinta y ocho años, tenía por delante veinte meses de suspensión y un examen de capitán aplazado sin fecha, estaba varado en tierra con un expediente que haría fruncir el ceño a cualquier naviera cuyo umbral pisara, y la pensión cercana a las Ramblas y la comida diaria que hacía en casa Teresa apuntillaban sin piedad sus últimos ahorros. Un par de semanas más y tendría que aceptar cualquier trabajo como simple marinero a bordo de uno de esos barcos oxidados de tripulación ucraniana, capitán griego y pabellón antillano, que los armadores dejaban hundirse de vez en cuando para cobrar el seguro, a menudo con carga ficticia y sin dar tiempo a que hicieras la maleta. Eso, o renunciar al mar y buscarse la vida en tierra firme:

idea cuya sola consideración le daba náuseas, pues Coy -aunque a bordo del “Isla Negra” no le había servido de mucho- poseía en alto grado la virtud principal de todo marino: un cierto sentido de la inseguridad, entendida como desconfianza; algo comprensible sólo por quien en el golfo de Vizcaya ve un barómetro bajar cinco milibares en tres horas, o se encuentra en el estrecho de Ormuz adelantado por un petrolero de medio millón de toneladas y cuatrocientos metros de eslora que cierra poco a poco el paso. Era la misma sensación imprecisa, o sexto sentido, que lo despertaba a uno de noche por un cambio en el régimen de las máquinas, lo inquietaba ante la aparición de una lejana nube negra en el horizonte, o hacía que de improviso, sin causa justificada, el capitán apareciese por el puente a dar una vuelta mirando aquí y allá, como quien no quería la cosa. Algo común, por otra parte, en una profesión cuyo gesto habitual estando de guardia consiste en comparar a cada momento el compás giroscópico con el compás magnético; o dicho de otro modo, comprobar un falso norte mediante un norte que tampoco es el verdadero norte. Y en lo que a Coy se refiere, ese sentido de la inseguridad se acentuaba, paradójicamente en cuanto dejaba de pisar la cubierta de un barco. Tenía la desgracia, o la fortuna, de ser uno de esos hombres para quienes el único lugar habitable se encuentra a diez millas de la costa más próxima.



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