Coy buscó a la mujer rubia. En otras circunstancias habría dedicado más atención a la sonrisa de la joven recepcionista, que se acercó bandeja en mano ofreciéndole una copa. La recepcionista lo conocía de otras subastas; y pese a saber que nunca pujaba por nada, era sin duda sensible a sus descoloridos pantalones tejanos y a las zapatillas deportivas blancas que vestía como complemento de la chaqueta de marino azul oscuro, guarnecida por dos filas paralelas de botones que en otro tiempo fueron dorados, con el ancla de la marina mercante, y que ahora sustituían otros de pasta negra, más discretos. Las bocamangas también mostraban las huellas de los galones de oficial que había lucido en ellas. Incluso así, a Coy le gustaba mucho aquella chaqueta; tal vez porque al llevarla se sentía vinculado al mar. Sobre todo cuando rondaba al caer la tarde por las inmediaciones del puerto, soñando con tiempos en que aún era posible buscar de ese modo un barco donde enrolarse, y existían islas lejanas que daban asilo a un hombre: justas repúblicas que nada sabían de suspensiones por dos años, y a las que nunca llegaban citaciones de tribunales navales ni órdenes de captura. Le habían hecho la chaqueta a medida, con la gorra y el pantalón correspondiente, en Sucesores de Rafael Valls quince años atrás, al aprobar el examen de segundo piloto; y con ella navegó todo el tiempo, usándola en las ocasiones, cada vez más raras en la vida de un marino mercante, en que todavía era preciso vestir de modo correcto. Llamaba a aquella vieja prenda su chaqueta de Lord Jim -algo muy apropiado en su actual situación- desde el inicio de la que él, contumaz lector de literatura náutica, definía como su época Conrad. En cuanto a eso, Coy había tenido antes una época Stevenson y una época Melville; y de las tres, en torno a las que ordenaba su vida cuando decidía echar un vistazo hacia la estela que todo hombre deja a popa, aquélla resultaba la más infeliz.



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