
«Charles Singleton, queda usted detenido por robo. O se rinde o le sometemos a la fuerza. De cualquier manera, acabará con grilletes. Si elige lo primero, no sufrirá ningún daño. Si elige lo segundo, terminará cubierto de sangre. La decisión es suya».
«¡He sido acusado de un crimen que no he cometido!».
«Repito: ríndase o morirá. Ésas son sus únicas alternativas».
«¡No, señor, tengo otra!», grita Charles. Y prosigue su huida hacia el muelle.
«¡Deténgase o disparamos!», le grita el detective Simms.
Pero el liberto salta por encima de la reja del embarcadero como el caballo que salta una cerca. Por un momento parece suspendido en el aire, y entonces cae dando vueltas desde una altura de diez metros en las turbias aguas del río Hudson, murmurando algunas palabras, tal vez una plegaria a Jesús, tal vez una declaración de amor para su esposa e hijo, pero fueran lo que fuesen, ninguno de sus perseguidores puede oírlas.
A diez metros del lector de microfichas, Thompson Boyd, de cuarenta y un años de edad, se acercó un poco a la chica.
Tiró del pasamontañas que tenía puesto sobre la cabeza, cubriéndose el rostro; ajustó los agujeros para que coincidieran con los ojos y abrió el tambor de su revólver para asegurarse de que no estuviera atascado. Ya lo había comprobado antes, pero en este trabajo uno nunca podía tener absoluta certeza. Se metió el arma en el bolsillo y extrajo la porra por un corte practicado en su gabardina oscura.
Estaba entre las estanterías de libros en la sala de la exposición de trajes, los cuales le separaban de las mesas de los lectores de microfichas. Con los dedos enguantados en látex, se presionó los ojos, que esa mañana le escocían de manera especialmente intensa. Parpadeó a causa de la molestia.
