
El hombre volvió a mirar a su alrededor; tampoco había nadie en el piso de abajo. Ni cámaras de seguridad ni registro de visitantes. Todo bien. Pero había algunos problemas de logística. En la enorme sala reinaba un silencio sepulcral y Thompson no podría disimular su aproximación a la chica. Ella sabría que había alguien más en la sala y podría ponerse nerviosa y en situación de alerta.
De modo que después de haber entrado en esa ala de la biblioteca y de haber cerrado la puerta con llave, se había reído con una risa abierta. Thompson Boyd había dejado de reírse hacía años. Pero era un artesano que comprendía el poder del humor -y cómo usarlo para obtener ventaja en aquella clase de trabajo-. Una risa -acompañada de una despedida cortés y de un móvil cerrándose- haría que la chica estuviera tranquila, pensó.
La estratagema pareció funcionar. Echó una mirada rápida polla larga hilera de estantes y vio a la chica, que contemplaba la pantalla del lector de microfichas. Abría y cerraba nerviosamente las manos, que le colgaban a los lados, conforme iba leyendo.
Él empezó a acercarse.
Entonces se detuvo. La chica estaba apartándose de la mesa. El hombre oyó la silla deslizándose sobre el linóleo. Caminaba hacia algún lado. ¿Se marchaba? No. Oyó el ruido del surtidor del agua y el que hacía ella al tragar un poco. Luego oyó que sacaba libros de un estante y los apilaba sobre la mesa de los lectores de microfichas. Tras una pausa, volvió otra vez hacia los anaqueles y cogió más libros. El ruido sordo al depositarlos en la mesa. Finalmente, oyó el chirrido de la silla cuando volvió a sentarse. Luego, silencio.
Thompson volvió a mirar. La joven estaba otra vez en su silla, leyendo uno de los libros de la docena que tenía apilados delante.
