Con la bolsa en la que llevaba los condones, la navaja y la cinta adhesiva en la mano izquierda y la porra en la derecha, reanudó su aproximación hacia la chica.

Ya estaba casi detrás de ella, cinco metros, cuatro, conteniendo la respiración.

Tres metros. Aunque ahora la joven echara a correr, él podría abalanzarse sobre ella y agarrarla, romperle una pierna o dejarla sin sentido de un golpe en la cabeza.

Dos metros, metro y medio…

Se detuvo y silenciosamente colocó en un estante la bolsa en la que tenía los objetos para perpetrar una agresión sexual. Se aproximó unos pasos, alzando el garrote de roble barnizado.

Todavía absorta en las palabras, Geneva leía con atención, ajena al hecho de que el agresor estaba prácticamente a sus espaldas. Thompson alzó la porra y, con todas sus fuerzas, golpeó la parte superior del gorro de la chica.

Crac…

Una dolorosa vibración le mordió las manos cuando el bastón dio en la cabeza de la chica con un ruido seco.

Pero algo iba mal. El sonido y la sensación no eran los correctos. ¿Qué ocurría?

Thompson Boyd dio un salto hacia atrás cuando el cuerpo cayó al suelo y se hizo pedazos.

El torso del maniquí cayó en una dirección. La cabeza en otra. Thompson se quedó mirando fijamente durante un momento. Echó una ojeada a un lado y vio un vestido que cubría la mitad inferior del mismo maniquí, parte de la exposición de vestimentas femeninas durante el período de la reconstrucción de América.

No…

De alguna manera, ella había intuido que él era un peligro. Fue a buscar unos cuantos libros de los estantes para disimular que se levantaba con la intención de coger un maniquí. Había vestido la parte superior de éste con su propia sudadera y su gorro, y luego lo había acomodado en la silla, apuntalándolo.

Pero, ¿dónde estaba ella?

Las ruidosas pisadas de alguien corriendo respondieron a la pregunta. Thompson Boyd oyó la carrera hacia la puerta de incendios. El hombre se guardó la porra en el abrigo, sacó el arma y fue tras ella.



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