Danielle Steel


La casa

A mis amados hijos,Beatie, Trevor, Todd, Nick, Sam,Victoria, Vanessa, Maxx y Zara,que vuestras vidas y hogares sean dichosos,que vuestra historia sea algo que valoréisy que todas las personas que entren en vuestra vidaos traten con ternura, bondad, amor y respeto.Sed siempre amados y bienaventurados.Os quiero,Mamá/D. S.

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Sarah Anderson salió de su despacho a las nueve y media de la mañana de un martes de junio para acudir a su cita de las diez con Stanley Perlman. Cruzó con paso ágil la puerta del edificio de One Market Plaza, bajó del bordillo y detuvo un taxi. Como siempre, se le pasó por la cabeza que uno de esos días, cuando se vieran, sería realmente por última vez. Stanley siempre se lo decía. Sarah había empezado a creer que Perlman viviría eternamente, pese a las protestas de él y al paso implacable del tiempo. Su bufete de abogados llevaba más de medio siglo ocupándose de los asuntos de Stanley. Sarah, que tenía treinta y ocho años y hacía dos que era socia del bufete, era su abogada en temas patrimoniales y fiscales desde hacía tres años: había heredado a Stanley como cliente cuando su anterior abogado falleció.

Stanley los había sobrevivido a todos. Tenía noventa y ocho años, aunque a veces costaba creerlo: conservaba la mente tan despierta como siempre, leía con voracidad y estaba al corriente de todos los cambios en las leyes tributarias. Era un cliente estimulante y ameno, y había sido un genio de los negocios durante toda su vida. Lo único que había cambiado con los años era que su cuerpo había empezado a fallarle, pero no su mente. Llevaba cerca de siete postrado en la cama, atendido por cinco enfermeras, tres fijas repartidas en turnos de ocho horas y dos suplentes. Con todo, estaba a gusto casi siempre, aunque hacía años que no salía de casa. Otras personas lo encontraban irascible y cascarrabias, pero Sarah lo apreciaba y admiraba; pensaba que era un hombre excepcional.



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