Tras indicarle al taxista la dirección de la calle Scott, se incorporaron al tráfico del distrito financiero de San Francisco hacia el oeste, en dirección a Pacific Heights y a la casa donde Stanley vivía desde hacía setenta y seis años.

El sol brillaba cuando subían por la calle California hacia Nob Hill, pero Sarah sabía que la situación podía cambiar una vez arriba. Era habitual que la niebla se asentara en la zona residencial de la ciudad mientras abajo brillaba el sol y hacía calor. Los turistas, colgados felizmente de los tranvías, sonreían mientras miraban a su alrededor. Sarah llevaba unos documentos para que Stanley los firmara, nada extraordinario. El anciano siempre estaba retocando y añadiendo cosas a su testamento. Llevaba años preparándose para morir, desde antes de conocer a Sarah, pero cada vez que empeoraba o enfermaba lograba reponerse, para disgusto suyo. Esa misma mañana, sin ir más lejos, cuando Sarah le telefoneó para confirmar la hora, Stanley le había dicho que llevaba unas semanas que no se encontraba bien y que el final estaba cerca.

– Deja de amenazarme, Stanley -había protestado Sarah mientras guardaba los documentos en la cartera-. Nos sobrevivirás a todos.

A veces le daba lástima, aunque Stanley no tenía nada de deprimente y raras veces se compadecía de sí mismo. Todavía ladraba órdenes a las enfermeras; todos los días leía The New York Times y The Wall Street Journal, además de la prensa local; adoraba las hamburguesas y los sándwiches de pastrami, y hablaba de su infancia en el Lower East Side de Nueva York con pasmosa minuciosidad y precisión histórica.



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