Sarah advirtió que Stanley estaba verdaderamente cansado y decidió acortar su visita. Le había firmado los documentos, que era cuanto necesitaba. Parecía que estuviera a punto de dormirse.

– Volveremos a vernos pronto, Stanley. Si necesitas algo, llámame. Puedo venir a verte siempre que quieras -dijo con dulzura, dando otras palmaditas a la frágil mano después de levantarse.

Sarah guardó los documentos en la cartera mientras él la contemplaba con una sonrisa nostálgica. Le encantaba mirarla, observar la relajada elegancia de sus gestos cuando conversaba con él o hacía otras cosas.

– Puede que para entonces ya no esté aquí -replicó Stanley sin el menor atisbo de autocompasión. Era, sencillamente, la exposición de algo que ambos sabían que podía ocurrir en cualquier momento, pero de lo que Sarah no quería ni oír hablar.

– No digas tonterías -le reprendió-. Estarás aquí. Cuento con que me sobrevivas.

– Gracias, pero no -repuso severamente Stanley-. Y la próxima vez que te vea, quiero que me hables de tus vacaciones. Haz un crucero. Ve a tumbarte a una playa. Lígate a un tío, emborráchate, vete a bailar, suéltate. Recuerda mis palabras, Sarah, si no lo haces, un día lo lamentarás. -Sarah rió mientras se imaginaba en una playa ligando con desconocidos-. ¡Hablo en serio!

– Lo sé. Tú lo que quieres es que me detengan y me inhabiliten como abogada. -Sarah esbozó una amplia sonrisa y le besó en la mejilla. Era un gesto muy poco profesional, pero entre ellos existía un cariño especial.

– Y qué si te inhabilitan. Probablemente te sentaría de maravilla. Disfruta de la vida, Sarah. Deja de trabajar tanto.

Stanley siempre le decía las mismas cosas y ella siempre las tomaba con reservas. Le gustaba lo que hacía. Su trabajo era como una droga a la que era adicta. No tenía el más mínimo deseo de abandonar su adicción, ni ahora ni probablemente en muchos años, pero sabía que las advertencias de Stanley eran sinceras y bien intencionadas.



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