– Lo intentaré -mintió Sarah con una sonrisa. Realmente era como un abuelo para ella.

– Inténtalo con más ahínco.

Stanley frunció el entrecejo y sonrió al recibir otro beso en la mejilla. Adoraba sentir la piel aterciopelada de Sarah en el rostro, su respiración suave y cercana. Le hacía sentirse otra vez joven, pese a saber que en su juventud habría sido demasiado idiota y habría estado demasiado absorto en su trabajo para fijarse en ella, por muy bella que fuera. Las dos mujeres que había perdido, por estúpido comprendía ahora, habían sido tan bellas y sensuales como Sarah, algo que solo últimamente había sido capaz de reconocer.

– Cuídate mucho -dijo cuando ella se detuvo en el umbral y se volvió para mirarlo.

– Tú también. Y pórtate bien. No persigas a las enfermeras por la habitación. Podrían despedirse.

Stanley soltó una risita ahogada.

– ¿Las has visto bien? -preguntó con una sonora carcajada, y Sarah le secundó-. No pienso bajarme de la cama por ellas y aún menos con estas viejas rodillas. Que esté postrado, querida, no quiere decir que esté ciego. Envíame enfermeras nuevas y veremos si tienen alguna queja.

– Estoy segura de que no -dijo Sarah, y con un gesto de despedida se obligó a marcharse.

Stanley seguía sonriendo cuando desapareció, y le dijo a la enfermera que podía encontrar sola la salida.

Sarah tomó nuevamente la escalera de acero y el estruendo de sus pasos, que la vieja moqueta apenas conseguía sofocar, retumbó en el estrecho pasillo. Se sintió aliviada al cruzar la puerta de servicio y salir al sol del mediodía que finalmente había dado alcance a la zona alta de la ciudad. Caminó lentamente por la calle Union pensando en Stanley y detuvo un taxi. Dio la dirección de su despacho al taxista y durante el trayecto siguió pensando en él. Temía que no le quedara mucho tiempo. Se diría que finalmente había empezado la cuesta abajo.



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