
– He tenido un día horrible -dijo Sarah con voz monótona, tratando de no sentir todo lo que sentía-. Mi cliente favorito ha muerto.
– ¿El viejo que tenía por lo menos cien años? -preguntó Phil. Sonaba como si estuviera haciendo algún esfuerzo, entrando en el coche o levantando una bolsa pesada.
– Noventa y nueve. Sí, él. -Sarah y Phil se comunicaban con un lenguaje lacónico que habían desarrollado a lo largo de cuatro años. Al igual que su relación, era poco romántico, pero parecía que les funcionaba. Su relación no era, ni mucho menos, perfecta, pero Sarah la aceptaba. Pese a no ser del todo satisfactoria, era fácil y relajada. Ambos vivían en el presente y nunca se preocupaban por el futuro-. Estoy muy triste. Hacía años que no me sentía tan mal por la muerte de alguien.
– Te he dicho un montón de veces que no deberías implicarte tanto con tus clientes. No es práctico. Los clientes no son nuestros amigos. ¿Entiendes lo que quiero decir?
– Este sí lo era. Stanley solo me tenía a mí y a un montón de familiares a los que ni siquiera conocía. No tenía hijos. Y era un hombre muy agradable. -La voz de Sarah sonaba queda y triste.
– No lo dudo, pero noventa y nueve años son muchos años. ¿No me digas que su muerte te ha sorprendido?
Sarah podía oír que Phil estaba en el coche, camino de casa. Vivía a seis manzanas de su apartamento, lo cual resultaba muy cómodo la mayoría de las veces, sobre todo si decidían cambiar de casa en mitad del fin de semana u olvidaban algo.
– No estoy sorprendida, solo triste. Sé que puede parecer absurdo, pero lo estoy. Me ha hecho pensar en la muerte de mi padre.
