El apartamento de Sarah no se diferenciaba de aquellos en los que había vivido en sus años de universidad. No podía decirse que fuera bonito, pero era funcional y satisfacía sus necesidades. Tenía un buen equipo de música y un televisor que Phil le había comprado para poder ver la tele cuando estaba en su casa, principalmente los programas de deportes. Sarah tenía que reconocer que a veces le gustaba verla, como era el caso de esa noche. Estaba escuchando el murmullo de voces de una serie banal cuando le sonó el móvil. Pensó en no contestar, hasta que cayó en la cuenta de que podía ser Phil devolviéndole la llamada. Consultó el número y, presa de una mezcla de alivio y temor, comprobó que era él. Sabía que si Phil hacía el comentario equivocado se disgustaría, pero tenía que arriesgarse. Esa noche necesitaba algún tipo de contacto humano para compensar la ausencia definitiva de Stanley. Bajó el volumen del televisor con una mano, abrió el móvil con la otra y se lo llevó al oído.

– Hola -dijo, sintiendo que se quedaba en blanco.

– ¿Qué ocurre? He visto que me has llamado. Estoy saliendo del gimnasio.

Phil era de esas personas que insistían en que necesitaban ir al gimnasio todos los días después del trabajo para sacudirse el estrés, salvo cuando quedaba con sus hijos. Se pasaba allí dos o tres horas, de modo que Sarah nunca podía cenar con él durante la semana porque Phil nunca salía del despacho antes de las ocho. Una de las cosas que le atraían de él era su voz sensual. Esa noche necesitaba oírla, independientemente de lo que dijera. Le echaba de menos y le habría encantado que fuera a verla. Ignoraba cuál sería su reacción si se lo pedía. Tenían el acuerdo, en su mayor parte tácito, de verse exclusivamente los fines de semana, unas veces en casa de ella y otras en casa de él, dependiendo de donde fuera mayor el desorden. Generalmente ganaba el de Phil y pasaban la noche en casa de Sarah, aunque él se quejaba de que el colchón era demasiado blando y le fastidiaba la espalda. Lo soportaba para poder estar con ella. Después de todo, no eran más que dos días a la semana, y a veces ni eso.



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