
Naturalmente la noche está demasiado oscura, en esa parte del jardín, para que se puedan distinguir con precisión la mayoría de estos detalles, visibles únicamente en pleno día: la bicicleta, por ejemplo, lo mismo que el nombre de la estatua y el del escultor (algo así como Johnson o Jonstone). El tigre, por el contrario, y sobre todo la muchacha atada al árbol, que se hallan muy cerca de la avenida, resaltan con bastante nitidez sobre el fondo más oscuro de la vegetación. De día, en esa parte, se pueden admirar otras esculturas, todas más o menos horribles o fantásticas, como las que adornan los templos de Tailandia o el Tiger Balm Garden de Hong Kong.
«Si no ha visto eso, no ha visto nada», dice hablando de este último el hombre gordo mientras deja su copa de champán, vacía, en el mantel blanco arrugado junto a una flor de hibiscus marchita, uno de cuyos pétalos queda cogido bajo el disco de cristal que forma la base de la copa. Es en este momento cuando se abre bruscamente la pesada puerta, empujada con violencia desde fuera, para dar paso a los tres policías británicos de uniforme: short y camisa caqui de manga corta, calcetines blancos y zapatos bajos.
