
El último que entra cierra la puerta y se queda montando guardia junto a ella, con las piernas ligeramente separadas y la mano derecha apoyada en la funda de cuero del revólver, en la cadera. Otro cruza la estancia con paso decidido hacia la puerta del fondo, mientras el tercero -que no parece armado, pero lleva galones de alférez en las hombreras- se dirige hacia la señora de la casa como si supiera exactamente dónde está, aunque en este momento permanece oculta a sus miradas, sentada en un sofá amarillo en uno de los entrantes con columnas que corresponden a los miradores de estilo chino de la fachada oeste. Precisamente está diciendo: «¿Nunca?… ¿Nunca?… ¿Nunca?…», en tono risueño, más evasivo que firme (pero quizá insinuante), a una joven rubia que está de pie junto a ella. Al pronunciar estas palabras, Lady Ava se ha vuelto hacia la ventana de gruesas cortinas corridas. La joven lleva un vestido de noche de muselina blanca de larga falda muy ahuecada y cuerpo muy escotado, que deja al descubierto los hombros y el inicio de los pechos. Mantiene los ojos inclinados hacia el terciopelo amarillo del sofá: parece reflexionar; al final dice: «Bien… Lo intentaré.» Lady Ava vuelve entonces la mirada al rostro rubio, de nuevo con la misma sonrisa un poco irónica. «Mañana, por ejemplo…», dice. «O pasado mañana…», dice la joven, sin alzar los ojos. «Mejor mañana», dice Lady Ava.
Seguramente esta escena tuvo lugar otra noche; o, si ha sido hoy, se sitúa en cualquier caso algo más pronto, antes de marcharse Johnson. En efecto, Lady A va señala con la mirada su alta silueta oscura, cuando añade: «Ahora vuelva a bailar con él.» La joven con tez sonrosada de muñeca se vuelve también entonces, pero como a disgusto, o con una especie de temor, hacia el personaje de smoking negro, que, un poco apartado, de perfil, sigue mirando las cortinas corridas, como si esperara -pero sin darle demasiada importancia- que surgiera de pronto alguien en la invisible ventana.