De repente el decorado cambia. Cuando las pesadas cortinas, deslizándose lentamente por sus rieles, se abren para el cuadro siguiente, el escenario del teatrito representa una especie de claro en el bosque que, en el que los habituales de la Villa Azul reconocen enseguida la disposición general del número que lleva por título «El cebo». La colocación y las posturas de los personajes acaban de describirse, entre la colección de figurillas que adornan el salón de cristal, o a propósito del jardín, o de otra cosa pesa, Sin embargo, aquí no se trata de un tigre, sino de uno de los grandes perrazos negros de la casa, más gigantesco aún gracias a un hábil efecto de la luz, y, sin duda también, debido a la pequeña estatua de la joven mestiza que interpreta el papel de víctima. (Se trata probablemente de aquella chica, comprada tiempo atrás a un intermediario cantonés, del que ya se ha hablado.) El hombre que hace de cazador no lleva bicicleta esta vez, pero sostiene en la mano una recia correa de cuero trenzado; y lleva gafas negras. Es inútil insistir en esta representación que todo el mundo conoce. Una vez más es ya muy tarde. Oigo al viejo rey loco que recorre el largo pasillo de arriba. Anda buscando algo, entre sus recuerdos, algo consistente, y no sabe qué. La bicicleta ha desaparecido pues, ya no hay tigre de madera tallada, parecido pues, ya no hay tigre de madera tallada, tampoco hay perro, ni gafas negras, ni pesadas cortinas. Ya no hay jardín, ni celosías, ni pesadas cortinas que se deslizan lentamente sobre sus rieles. Ahora sólo quedan restos dispersos: fragmentos de papeles de colores desteñidos amontonados por el viento en el rincón de una pared, residuos de hortalizas medio podridas que sería difícil identificar con certeza, frutas aplastadas, una cabeza de pescado reducida a su esqueleto, astillas de madera (procedentes de algún delgado listón o una caja rota) nadando en el agua fangosa del arroyo por el que pasa la portada de un tebeo chino girando con lentitud.



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