
Y he aquí que el mismo hombre gordo y sanguíneo se interpone de nuevo, hablando otra vez en voz alta de la vida de Hong Kong y las tiendas elegantes de Kowloon, donde se encuentran las sedas más bellas del mundo. Pero se ha interrumpido en medio de su discurso, con los ojos rojos levantados, como intrigado por la atención que cree fijada en él. Ante el escaparate, la paseante de ceñido traje negro tropieza con la mirada que refleja la luna de cristal; se vuelve despacio hacia la derecha, y prosigue su marcha con el mismo paso uniforme, bordeando las casas, sujetando del extremo de la correa tensa al perrazo de pelo brillante, cuya boca entreabierta deja escapar un poco de saliva, para cerrarse luego con un chasquido seco.
En este momento pasa por la calzada, junto a la acera por la que, con paso corto y rápido, se aleja la joven del perro, y en la misma dirección que ella, una jinrikisha tirada a buen trote por un chino vestido con mono, pero tocado con el sombrero tradicional, en forma de cono de base ensanchada. Entre las dos altas ruedas, cuyos radios de madera están pintados
