de color rojo vivo, la capota de lona negra que avanza como un alero sobre el asiento único oculta por completo al cliente sentado en él; a no ser que este asiento, que por detrás resulta a su vez invisible, esté vacío, ocupado tan sólo por una vieja almohadilla aplastada, cuyo hule agrietado, raído a trechos hasta la tela, deja escapar su miraguano por el agujero de uno de los ángulos; así se explicaría la asombrosa rapidez con que puede correr este hombrecillo de aspecto enclenque, con los pies descalzos, cuyas plantas renegridas aparecen alternativamente de modo mecánico entre los varales rojos, sin aminorar nunca la marcha para recobrar aliento, de modo que pronto ha desaparecido al final de la avenida, donde empieza la sombra densa de las higueras gigantes.

Elpersonaje de cara congestionada y ojos inyectados en sangre aparta enseguida la mirada, tras haber esbozado, por si acaso seguramente, una vaga sonrisa que no iba dirigida a nadie en particular. Se encamina hacia el buffet, acompañado por el mismo interlocutor de smoking, que sigue escuchando cortésmente, sin pronunciar una sola palabra, mientras él prosigue su relato haciendo ademanes breves con sus cortos brazos.

El buffet se ha vaciado considerablemente. El acceso es fácil, pero ya no queda casi nada en las bandejas de sandwiches y pastelitos, irregularmente esparcidas sobre el mantel arrugado. El hombre que ha vivido en Hong Kong pide una copa de champán, que un camarero de chaqueta blanca y guantes blancos le sirve al momento en una bandeja rectangular de plata. La bandeja queda un instante suspendida sobre la mesa, a unos veinte o treinta centímetros de la mano extendida del hombre, que se disponía a coger la copa, pero que está pensando ahora en otra cosa, tras recobrar su voz fuerte y algo ronca para hablarle de sus viajes a ese mismo compañero mudo, hacia el que se vuelve de medio lado, levantando la cabeza, ya que es mucho más alto que él. Este, por el contrario,



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