
Elpersonaje de cara congestionada y ojos inyectados en sangre aparta enseguida la mirada, tras haber esbozado, por si acaso seguramente, una vaga sonrisa que no iba dirigida a nadie en particular. Se encamina hacia el buffet, acompañado por el mismo interlocutor de smoking, que sigue escuchando cortésmente, sin pronunciar una sola palabra, mientras él prosigue su relato haciendo ademanes breves con sus cortos brazos.
El buffet se ha vaciado considerablemente. El acceso es fácil, pero ya no queda casi nada en las bandejas de sandwiches y pastelitos, irregularmente esparcidas sobre el mantel arrugado. El hombre que ha vivido en Hong Kong pide una copa de champán, que un camarero de chaqueta blanca y guantes blancos le sirve al momento en una bandeja rectangular de plata. La bandeja queda un instante suspendida sobre la mesa, a unos veinte o treinta centímetros de la mano extendida del hombre, que se disponía a coger la copa, pero que está pensando ahora en otra cosa, tras recobrar su voz fuerte y algo ronca para hablarle de sus viajes a ese mismo compañero mudo, hacia el que se vuelve de medio lado, levantando la cabeza, ya que es mucho más alto que él. Este, por el contrario,
